Viejas y nuevas violencias

Quizá nadie lo dijo mejor que el Banco Mundial en su Informe Mundial sobre Desarrollo del año 2011. En todo el mundo, 1.500 millones de personas viven en situaciones que no pueden calificarse claramente de guerra o paz, de violencia política o violencia criminal.

Las guerras interestatales están en declive. Para entender la guerra en la actualidad es mejor olvidar la II Guerra Mundial y similares. Las guerras internas son más frecuentes, con 32 activas el año pasado, una cifra que se mantiene relativamente estable (aunque el número de víctimas aumenta, debido sobre todo a la situación en Siria).

Y proliferan por todo el mundo situaciones donde es difícil definir el tipo de violencia organizada que tiene lugar y a quienes la perpetran. Las categorías tradicionales no alcanzan para definir y clasificar estos procesos. Como consecuencia tienen un impacto desigual en los medios y, cuando los alcanzan, frecuentemente son simplificados.

Más de 60.000 personas murieron violentamente en México durante el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012). Incluso sin sumar los secuestros, desapariciones, y víctimas de torturas y violaciones de los derechos humanos, la cifra superan a las de muchas guerras. Pero aquí la “guerra” es contra las drogas: entre el gobierno y los cárteles del narcotráfico, dentro de los cárteles y entre ellos. El DIH no se aplica, y las violaciones de los derechos humanos están a la orden del día. Los cárteles ejercen su influencia por todo el país, como muestra The New York Times en este mapa.

En lugares tan lejanos como Afganistán y Colombia, la violencia política y la guerra se entrelazan con la economía ilegal de las drogas y el crimen organizado. Actores de la guerra participan en este negocio. Y hay un fuerte debate sobre si es posible terminar a la vez con una insurgencia y con las drogas, o si una cosa impide la otra. Para algunos analistas, como Vanda Felbab-Brown en su libro Shooting Up, ambas guerras son incompatibles: erradicar las drogas echa a los campesinos, que no tienen alternativas, en brazos de la insurgencia. 

Grupos terroristas como Al Qaeda y sus “franquicias” regionales (como la de Yemen y Arabia Saudí, AQAP) conducen ataques contra sus propios países o en otros. Mientras, algunos de ellos, como la propia Al Qaeda del Magreb (AQMI) aprovechan antiguas rutas del contrabando y áreas remotas para financiarse con la economía ilegal y el secuestro, especialmente de occidentales.

Mientras, en la República Democrática del Congo, milicias locales y miembros de gobiernos vecinos sostienen una violencia continua con la minería y la explotación de minerales muy valiosos como el oro y el coltán. Este último es un mineral estratégico vital para muchas industrias, entre ellas la electrónica. Algunos han llamado a este conflicto la guerra “PlayStation“.  

Las tipologías de la violencia son complejas pero lo que está claro son sus efectos. Este mapa del Internal Displacement Monitoring Centre muestra la situación global de personas desplazadas por la violencia y la inestabilidad. El arco se extiende por todo el mundo y afecta especialmente a los países del Sur.

No es casualidad. La violencia organizada contemporánea tiene múltiples causas: nacionales e internacionales; individuales y sociales; políticas y económicas. El desempleo juvenil; el empobrecimiento; el incremento de población urbana sin expectativas; las tensiones regionales, sociales, étnicas y religiosas…

Todo ello es fuente de tensión, y es más fácil que derive en violencia cuando además las instituciones son frágiles y apenas pueden dar respuestas (en algunos casos porque han sido “vaciadas” de poder y medios). Y cuando los mecanismos tradicionales de una sociedad para resolver conflictos se han visto desbordados o desmantelados por las presiones de los cambios socioeconómicos, políticos y demográficos.

En muchos casos, a esto se suma otra pauta. Las redes económicas ilegales con las que sobreviven personas que carecen de alternativas conectan, muchas veces, con los mercados financieros internacionales y las economías desarrolladas. ¿A dónde si no van a parar las drogas, el coltán o el oro? Las armas, por su parte, recorren el camino contrario.

La distribución geográfica y social de la violencia contemporánea tiene raíces profundas y estructurales. No es un capricho o una anomalía. La falta de desarrollo y de equidad genera expectativas frustradas, economías ilegales, inseguridad y violencia. A la vez el conflicto y la violencia son barreras para el desarrollo, como señala el International Dialogue on Peacebuilding and State-building.

Sin entender que este círculo vicioso se retroalimenta a sí mismo no es posible entender por qué estalla la violencia y por qué es tan duradera. Cualquier esfuerzo por ponerle fin requiere en primer lugar saber de qué se trata.

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