Cuando lo impensable se hace realidad

El acuerdo entre Irán y el grupo P5+1 (los 5 miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania) habría sido impensable hace sólo unos meses, incluso semanas, pero ya es una realidad. Se trata de un acuerdo parcial, que puede provocar una fuerte oposición internacional y en Irán y EE UU, pero es un primer paso importante. Y no sólo para resolver la crisis nuclear sino para una normalización de relaciones más amplia.

Se trata de la mejor noticia desde que comenzó la crisis nuclear, cuando se conoció el avance del programa iraní en 2002. En resumen, Irán accede a imponer ciertos límites a su programa nuclear, mientras el grupo P5+1 pone límites a las sanciones económicas. Durante seis meses, las partes acceden a:

Irán

  • Frenar el enriquecimiento de uranio por encima del 5%.
  • Las existencias de uranio enriquecido al 20% serán diluidas o convertidas a otro formato que no permita el enriquecimiento.
  • Las existencias de uranio enriquecido al 3,5% no aumentarán de aquí al final de los seis meses.
  • No se instalarán más centrifugadoras; sólo se fabricarán nuevas centrifugadoras para sustituir las dañadas, y el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) tendrá acceso a los lugares donde se fabrican.
  • No más construcción ni trabajos experimentales en el reactor de Arak, y no se construirán nuevas instalaciones para el enriquecimiento (se frenan los planes para construir 10 más).
  • El OIEA puede realizar un monitoreo incluso diario del enriquecimiento y tendrá más acceso a las minas de uranio.

P5+1

  • No habrá nuevas sanciones económicas.
  • Se suavizan las sanciones sobre las exportaciones iraníes de oro, metales, sector del automóvil y petroquímico.
  • Se permite la transferencia a Irán de en torno a 4.200 millones de dólares que hasta ahora estaban “congelados”.
  • Se permiten las transferencias con fines educativos y de otro carácter.
  • Más flexibilidad para el comercio con Europa en sectores no sujetos a sanción.

El importe total de bienes y fondos iraníes que estará disponible ronda los 7.000 millones de dólares. También se establece una Comisión Conjunta para verificar el cumplimiento y gestionar los problemas que puedan surgir.

La próxima fase de las negociaciones comenzaría en seis meses, siempre que las partes cumplan lo estipulado, y el objetivo final sería un acuerdo más amplio y permanente. No se conoce de forma concreta cuáles serán los puntos de la negociación aunque, si ésta es ambiciosa, permitiría eliminar todas las sanciones sobre Irán siempre que este país acepte una supervisión de su programa nuclear que garantice que es de uso civil, y no para fabricar armas nucleares.

Algunos asuntos que sí se tratarán en la negociación ya se han avanzado en el acuerdo actual (así como el objetivo de cerrar un acuerdo final en un plazo máximo de un año). Entre ellos están:

  • Eliminar las sanciones (nacionales, multilaterales, y las del Consejo de Seguridad)
  • Los límites se establecerán por un periodo de tiempo definido, después del cual el programa civil será tratado como cualquier otro de un país parte del Tratado de No Proliferación.
  • Se permitiría un programa limitado de enriquecimiento.
  • Se resolverían las cuestiones relativas al reactor de Arak.
  • Más capacidad y acceso para el OIEA.
  • Un enfoque paso a paso, y el principio de que “nada está acordado hasta que todo lo esté”. Es decir, no habría acuerdos parciales salvo que se alcance un acuerdo total.

Volviendo a la situación actual, los problemas para implementar el acuerdo pueden ser muchos y diversos. El más obvio: que alguna de las partes no cumpla. Irán podría, por ejemplo, poner dificultades al monitoreo del OIEA. El Congreso de EE UU podría oponerse a levantar las sanciones. Aquí sin embargo hay que aclarar que las afectadas por este acuerdo fueron impuestas por Decreto Presidencial, y el presidente puede levantarlas sin aprobación del Congreso. Además de que la UE puede (y debería) actuar de forma independiente.

Los “duros” de ambas partes pueden, por otro lado, intentar boicotear el proceso o al menos intentar sacar ventaja de cualquier problema que surja.

Todo esto es normal. Una cuestión importante en cualquier iniciativa diplomática es que requiere no sólo esfuerzos visibles sino otros elementos importantes pero intangibles. Uno de ellos es la confianza. Una relación problemática tan antigua como la de EE UU e Irán crea desconfianza y sospechas, que con el tiempo se hacen más difíciles de solucionar.

En ese sentido, la mayor ventaja de este acuerdo es que es concreto, y se basa en acciones de cada parte cuyo cumplimiento es verificable y medible, dejando menos margen para que esos otros factores jueguen un papel. La clave es que se ha acordado una agenda concreta para la cooperación.

Lo ha dicho el ex presidente iraní Rafsanjani en una entrevista con el Financial Times: El acuerdo final será más fácil después de que el tabú (de hablar con el otro) se ha roto. El acuerdo parcial requería “romper el hielo, pero la segunda fase será rutina. Parte del problema es que hablar con EE UU era tabú, un tabú difícil de romper”.

Lo mismo podría decirse del otro lado.

Las reacciones y su significado

Israel y Arabia Saudí han sido los críticos más duro de este acuerdo (aunque hay más, por supuesto). Israel lo ha calificado de error histórico, mientras Arabia Saudí ha afirmado en repetidas ocasiones que desarrollaría su propio programa si se le permitía a Irán continuar con el suyo.

Ambos países tienen en común que han sido los aliados más estrechos de EE UU en esta región durante décadas. Ambos han sido dependientes de EE UU en cuestiones de seguridad (a veces, incluso, con Washington participando militarmente). Y EE UU ha intervenido en cualquier problema que surgiera en esta zona, para protegerlos.

El apoyo a Israel es más conocido, pero lo mismo ha ocurrido con Arabia Saudí. Es la protección de EE UU lo que le ha permitido a este país transformar su riqueza petrolera en un inmenso poder político e influencia en el mundo árabe y musulmán. Los dos han tenido también, mucho tiempo, la mayor influencia en Washington. Esto podría cambiar en un futuro no muy lejano.

Para EE UU se está abriendo un nuevo escenario en esta región después de Afganistán e Irak; la intervención en Libia; la guerra de Siria; y las llamadas primaveras árabes. El descontento y la protesta aumentan, los regímenes autócratas no son unos aliados tan fiables como se pensaba, y crecen en poder fuerzas radicales suníes. Irán, con ciertos intereses comunes y una agenda chií, podría ser un equilibrio para esas fuerzas.

Otros miembros del P5+1 siguen sus propias estrategias. Francia puso en riesgo la posibilidad del acuerdo, probablemente pensando en las oportunidades de mercado para sus empresas de armamento y energía en las monarquías del Golfo (Arabia Saudí, de forma notable). Entre tanto, Alemania y el Reino Unido ven las oportunidades que plantea el sector energético iraní.

Israel sale beneficiado con el acuerdo, independientemente de la retórica y de las posiciones de Netanyahu. Puede que tenga que acostumbrarse a convivir con un Irán que ya no sea un paria internacional, pero podría venirle bien que esto debilite a otros países árabes. De hecho, miembros destacados de las fuerzas de seguridad han expresado opiniones positivas sobre el acuerdo (quizá porque son conscientes de lo que significa).

El peor escenario se produce para Arabia Saudí y otras monarquías del Golfo Pérsico, ya que sus problemas con Irán van mucho más allá del asunto nuclear. Una relación normalizada entre EE UU e Irán es una pesadilla en Riad por su viejo enfrentamiento con Teherán y los difíciles equilibrios internos que maneja. También va en contra de sus posiciones en la guerra de Siria. En pocas palabras, las fuerzas geopolíticas se alinean en su contra, y esto afecta a su política externa y a la interna.

Para terminar esta entrada tan larga. Un punto para los críticos: es cierto que se trata sólo de un acuerdo parcial y limitado en el tiempo, que afrontará muchos obstáculos y que el acuerdo final puede ser más difícil de lograr. Un punto para los defensores: el acuerdo tiene la ventaja de que se basa en acciones concretas cuyo cumplimiento es verificable, y que puede crear confianza y unas relaciones constructivas.

Pero sobre todo, es un ejemplo de cómo la diplomacia puede lograr más que la hostilidad (y que la guerra). Veremos qué sucede.

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