Sudán del Sur: ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?

El país más joven del mundo, nacido en 2011, ha entrado en un ciclo de violencia que podría desembocar en una guerra civil. Las consecuencias serían devastadoras para el país y la región. El gobierno y la oposición han alcanzado un acuerdo de cese de hostilidades que podría permitirles (si se respeta) negociar en Etiopía. Los problemas son muchos y las perspectivas malas, pero quizá se abre un tiempo para reflexionar.

La crisis se desencadenó a mediados de diciembre como rivalidad y tensión política a altos niveles del gobierno y del Movimiento Popular de Liberación del Sur (SPLM). Esta disputa retroalimentó enfrentamientos previos y dio lugar a enfrentamientos armados y asesinatos de carácter étnico.

Ahora Sudán del Sur se enfrenta a una emergencia humanitaria y de seguridad. La violencia se ha extendido por el país y hay miles de muertos. Más de medio millón de personas huyen de la violencia como desplazados internos y los refugiados superan los 80.000. La mitad no tiene acceso a ayuda humanitaria por la violencia y una ubicación remota.

¿Cómo ha podido ocurrir esto tan pronto? ¿Cómo, en un país que luchó dos décadas por su independencia y que ha recibido fuerte apoyo internacional para construir el estado y la paz? Sin intención de ser exhaustiva, aquí están algunas de las razones.

Divisiones y líneas de fractura internas

El desencadenante inmediato de la violencia fue un enfrentamiento entre miembros de la Guardia Presidencial, interpretado por el presidente Salva Kiir Mayardit como un golpe de estado. Ya el pasado verano había depuesto una parte importante del gobierno incluyendo a su mayor rival, el vicepresidente Machar. Pero tras este incidente lanzó una ofensiva y ordenó una larga serie de arrestos.

Las divisiones y rupturas internas han afectado al SPLM al menos desde los años noventa. Líderes importantes movilizan a sus seguidores siguiendo líneas étnicas y creando enfrentamientos que utilizan en su lucha por el poder (en ocasiones, con apoyo del gobierno de Jartum). Ya desde entonces se produjeron violaciones de derechos humanos y atrocidades.

Como resultado de esas disensiones, el SPLM nunca desarrolló instituciones realmente cohesionadas, ni tampoco una agenda social y política para las áreas bajo su control. Las divisiones afectaron también a su cohesión militar.

Aunque los principales líderes se reconciliaron alrededor del año 2000 las tensiones persistieron, tanto en el liderazgo como entre la población. Pero la retórica de la opresión externa ayudó a ocultar todos estos hechos. Con la independencia, el subdesarrollo extremo, la escasísima capacidad humana e institucional hicieron las tensiones insoportables.

Ahora, la lucha política de cara a las elecciones de 2015 juega un papel importante y hace visibles de nuevo las fracturas, divisiones y reivindicaciones que no fueron abordadas durante la guerra de liberación. Lo que está en marcha es una batalla política por el control del SPLM y el poder. Los argumentos étnicos se utilizan para ganar apoyos y movilizar, pero esta guerra es política mucho más que étnica.

Suffering a gun shot wound to his ankle, Diel, 28, is one of 144 Lou Nuer who were evacuated from Manya Bol to Bor hospital in Bor town, Jonglei state, South Sudan, Monday July 15, 2013. Fierce clashes between rival ethnic groups have again exploded in eastern Jonglei with aid agencies fearing more to come  © Mackenzie Knowles-Coursin/IRIN

Suffering a gun shot wound to his ankle, Diel, 28, is one of 144 Lou Nuer who were evacuated from Manya Bol to Bor hospital in Bor town, Jonglei state, South Sudan, Monday July 15, 2013. Fierce clashes between rival ethnic groups have again exploded in eastern Jonglei with aid agencies fearing more to come
© Mackenzie Knowles-Coursin/IRIN

La comunidad internacional: narrativa y compromisos

La visión más común ha presentado durante años al sur de Sudán como una víctima del gobierno del norte (lo que es verdad, pero no toda la verdad). La narrativa, promovida por campañas internacionales, celebrities y hasta cierto punto ONG, quitó del punto de mira los problemas internos, tanto sociales como políticos.

EE UU ha sido el principal apoyo del nuevo estado. Varias circunstancias contribuyeron a crear una improbable coalición (por diferentes razones) entre sectores muy diversos, incluyendo a activistas de derechos humanos, actores, demócratas, republicanos, conservadores religiosos y líderes afroamericanos. Todos ellos confluyeron en torno a esa narrativa. Y había un factor ‘pos’ 11 de septiembre: el gobierno de Sudán es árabe, ha sido parte de los llamados “estados canallas”, y en su día dio cobijo a Osama Bin Laden.

Hasta qué punto las instituciones y donantes internacionales se vieron influidos por esa narrativa es una cuestión abierta.

Pero había señales de alarma. Los donantes se comprometieron fuertemente con Sudán del Sur, que se tomó como una prueba del compromiso internacional con los estados frágiles. Sin embargo, el apoyo se basó en gran medida en el supuesto de que la ayuda al desarrollo y la provisión de servicios básicos son la mejor contribución a la prevención de conflictos y la construcción de la paz. La ‘teoría del cambio’ subyacente es que la falta de desarrollo es la mayor causa de conflicto.

Esos supuestos no son reales o no abarcan toda la realidad. Una evaluación de la asistencia externa entre 2005 y 2010 así lo mostró.

Entre 2005 y 2009, los principales donantes proporcionaron 4.200 millones de dólares en ayuda al desarrollo y humanitaria. Si se añade el presupuesto de la misión de la ONU (UNMIS), el total supera los 8.000 millones. Entre el 65 y el 85% se dirigía al desarrollo socioeconómico, mientras el fortalecimiento de capacidades de gobierno y de la sociedad civil alcanzaron su máximo del 27% en 2009, cuando ya era evidente que la falta de capacidades era un problema grave.

Como consecuencia, muchos problemas de seguridad continuaron, como la proliferación de armas. El desarme de civiles fue en gran parte fallido. Los programas de desarme, desmovilización y reintegración de ex combatientes (DDR) fueron insuficientes. La incorporación de antiguos combatientes al nuevo ejército sobredimensionó esta institución pero no le proporcionó formación profesional o cadena de mando y control. Las razones de la desconfianza y el miedo no se abordaron.

Tampoco la cuestión de los recursos, como las crecientes tensiones sobre la gestión (y las consecuencias) de la extracción de petróleo, las adquisiciones de tierra a gran escala, y los enfrentamientos entre comunidades agrícolas y ganaderas.

La UNMIS no tiene ni un mandato suficiente ni recursos para llevarlo a cabo. Sólo está autorizada a proteger a los civiles bajo amenaza inminente de violencia física y “dentro de sus capacidades, y en sus áreas de despliegue”. Con 7.000 militares y 900 policías, era insuficiente incluso en las mejores circunstancias. Ahora se ha autorizado su ampliación, pero los procedimientos serán largos.

El conflicto norte-sur, por tanto, permitió ignorar las divisiones dentro del sur, y el papel de los factores étnicos y el clientelismo. La evaluación antes citada señala que “ni el gobierno de Sudán ni los donantes tenían un modelo convincente o consensuado sobre cómo sería el estado de Sudán en digamos diez años. Por parte de los donantes, esta reticencia refleja una tendencia a abordar esto como un ejercicio técnico”, más que político. Entre otros, la responsable  del PNUD, Helen Clark, ha reconocido el error de la comunidad internacional.

 Algunos elementos importantes, ahora

La sociedad civil ha sido dejada de lado, antes y después de que se firmara el acuerdo provisional de paz con el norte. El experto John Prendergast señala que “ya sabemos lo que funciona y lo que no. Demasiadas conferencias de paz han dejado fuera a la sociedad civil, líderes religiosos, activistas y mujeres, y han fallado. Esos acuerdos de paz parciales, y no incluyentes, negociados sólo por los que están más armados, no llevan a una paz duradera”.

En términos regionales mucho dependerá de Kenia, Uganda y Etiopía, y de la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD), para promover el diálogo y plantear posibles vías de solución con el apoyo de la Unión Africana. En el peor escenario, quienes intervendrían en Sudán del Sur lo harían para defender sus intereses y probablemente agravar la situación. Uganda ya lo ha hecho. Kenia no, aunque sus empresas son importantes inversores.

Otros actores externos fundamentales son la troika (EE UU, Reino Unido y Noruega) y China (el mayor inversor en petróleo), especialmente en apoyo de las iniciativas africanas de mediación.

Este caso, sobre todo, debería generar una reflexión sobre la construcción de la paz como actividad política y no sólo técnica. Ni las recetas ni  las mejores prácticas sirven de mucho sin un análisis profundo del conflicto, de las relaciones de poder, los enfrentamientos y reivindicaciones locales y las causas subyacentes de enfrentamiento. La prioridad, sin embargo, es detener la violencia.

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