Exportaciones de armas: más leña al fuego

No es la mejor noticia para comenzar el año, pero acaban de darse a conocer las cifras de ventas españolas de armamento en el primer semestre de 2013. Y los datos posiblemente son buenos para la balanza de pagos, pero nefastos desde el punto de vista de la paz y la seguridad. Entre enero y junio, España triplicó sus ventas de material de defensa con respecto al mismo periodo del año anterior, sumando más de 1.800 millones de euros. La cifra es casi igual a la de todo el año 2012.

Esto no es todo, porque las exportaciones realizadas representaron un 57,5% de lo autorizado (3.169,6 millones de euros) en el mismo periodo. ¿Qué quiere decir? Que todo lo restante se autorizó en el primer semestre y podría estar realizándose ahora mismo. Las estadísticas no sólo muestran aumentos en las exportaciones, sino una mayor variedad de países de destino. Los socios de la UE y la OTAN bajan en su participación como mercados, mientras se dispara el Golfo Pérsico.

Este aumento brutal de las exportaciones se debe sobre todo a la venta de aviones de reabastecimiento en vuelo, a destinos como los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, entre otros lugares. Precisamente estos dos países figuran ahora entre los mejores clientes de las exportaciones españolas de material militar. En la zona también aparecen como clientes Bahréin y Omán.

Las ventas a Israel se multiplicaron por cinco, un dato muy significativo aunque la cifra total sea de 1,4 millones. Y aunque corresponde al primer semestre, y por tanto a un periodo anterior al golpe de Estado, Egipto recibió material militar por 1,8 millones mientras que se autorizaron más de 15 millones. Túnez fue el primer cliente de material policial y antidisturbios, con 1,8 millones. En las estadísticas figuran también dos aviones de transporte militar vendidos a Colombia.

Éste es el enlace, para quien esté interesado en el informe completo.

Con respecto a los datos más llamativos, un apunte: no son armas ni tensión lo que falta en Oriente Medio. Precisamente, los Emiratos y Arabia Saudí se encuentran en los puestos noveno y décimo entre los importadores mundiales de armamento, según el Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI). Esta región ya es suficientemente conflictiva y estos actores, entre otros, están jugando sus cartas con dureza respecto a Irán, Líbano, o la terrible guerra siria. Por otro lado, la deriva autoritaria que ha dado marcha atrás con los movimientos árabes que buscaban reformas y democracia son más que preocupantes en varios países.

Estas cifras mantienen a España entre los principales vendedores de armamento a nivel global. El SIPRI nos ha ubicado en varias ocasiones en el séptimo puesto del ránking mundial. Son  coherentes, desde luego, con unas cifras globales al alza, y con la intención aparente de este Gobierno de mejorar la balanza de pagos a cualquier costa.

Es bastante más dudoso que cumplan con los compromisos nacionales e internacionales de España en esta materia, o que sean justificables desde una perspectiva de seguridad internacional. Con respecto a lo primero, y aunque a veces no lo parezca, España tiene obligaciones. Tanto la Ley 53/2007 como la Posición Común Europea 2008/944/PESC establecen los criterios para no vender armamento: a países en conflicto armado; donde puedan usarse para violar los derechos humanos; donde haya riesgo de desvío o falta de control, o donde puedan afectar al desarrollo, entre otros parámetros. Varios de los destinos mencionados difícilmente cumplen estos criterios.

Aparte de los destinos, las cifras son preocupantes. Aunque se haya dicho mil veces es preciso repetirlo. En torno a 750.000 personas mueren cada año por la violencia armada, dos de cada tres en países que formalmente están en paz. En el mundo se producen dos balas por persona y año, según la campaña Control Arms. Cada uno de nosotros podría morir dos veces y aún sobrarían balas.

Las armas no son la causa de la violencia pero actúan como facilitadores y agravantes. En situaciones de tensión, inestabilidad, instituciones incapaces y falta de seguridad, la disponibilidad de armas hace que la violencia escale cualitativa y cuantitativamente. Tienen un impacto claro en la paz y la estabilidad, los derechos humanos y el desarrollo.

Como último apunte, España firmó en junio de 2013 el Tratado Internacional sobre Comercio de Armas, que regulará el comercio mundial de armamento cuando alcance 50 ratificaciones y entre en vigor. No lo ha ratificado todavía. Quizá no sea significativo, pero la firma estampada en el Tratado no es la del ministro de Asuntos Exteriores sino la de José Manuel Soria, ministro de Industria. Puede ser una anécdota, o quizá es una indicación de cuáles son las prioridades de este Gobierno en relación con la industria militar.

Este post fue publicado el 5 de enero en The Huffington Post. Lo podéis ver aquí.

Cuando lo impensable se hace realidad

El acuerdo entre Irán y el grupo P5+1 (los 5 miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania) habría sido impensable hace sólo unos meses, incluso semanas, pero ya es una realidad. Se trata de un acuerdo parcial, que puede provocar una fuerte oposición internacional y en Irán y EE UU, pero es un primer paso importante. Y no sólo para resolver la crisis nuclear sino para una normalización de relaciones más amplia.

Se trata de la mejor noticia desde que comenzó la crisis nuclear, cuando se conoció el avance del programa iraní en 2002. En resumen, Irán accede a imponer ciertos límites a su programa nuclear, mientras el grupo P5+1 pone límites a las sanciones económicas. Durante seis meses, las partes acceden a:

Irán

  • Frenar el enriquecimiento de uranio por encima del 5%.
  • Las existencias de uranio enriquecido al 20% serán diluidas o convertidas a otro formato que no permita el enriquecimiento.
  • Las existencias de uranio enriquecido al 3,5% no aumentarán de aquí al final de los seis meses.
  • No se instalarán más centrifugadoras; sólo se fabricarán nuevas centrifugadoras para sustituir las dañadas, y el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) tendrá acceso a los lugares donde se fabrican.
  • No más construcción ni trabajos experimentales en el reactor de Arak, y no se construirán nuevas instalaciones para el enriquecimiento (se frenan los planes para construir 10 más).
  • El OIEA puede realizar un monitoreo incluso diario del enriquecimiento y tendrá más acceso a las minas de uranio.

P5+1

  • No habrá nuevas sanciones económicas.
  • Se suavizan las sanciones sobre las exportaciones iraníes de oro, metales, sector del automóvil y petroquímico.
  • Se permite la transferencia a Irán de en torno a 4.200 millones de dólares que hasta ahora estaban “congelados”.
  • Se permiten las transferencias con fines educativos y de otro carácter.
  • Más flexibilidad para el comercio con Europa en sectores no sujetos a sanción.

El importe total de bienes y fondos iraníes que estará disponible ronda los 7.000 millones de dólares. También se establece una Comisión Conjunta para verificar el cumplimiento y gestionar los problemas que puedan surgir.

La próxima fase de las negociaciones comenzaría en seis meses, siempre que las partes cumplan lo estipulado, y el objetivo final sería un acuerdo más amplio y permanente. No se conoce de forma concreta cuáles serán los puntos de la negociación aunque, si ésta es ambiciosa, permitiría eliminar todas las sanciones sobre Irán siempre que este país acepte una supervisión de su programa nuclear que garantice que es de uso civil, y no para fabricar armas nucleares.

Algunos asuntos que sí se tratarán en la negociación ya se han avanzado en el acuerdo actual (así como el objetivo de cerrar un acuerdo final en un plazo máximo de un año). Entre ellos están:

  • Eliminar las sanciones (nacionales, multilaterales, y las del Consejo de Seguridad)
  • Los límites se establecerán por un periodo de tiempo definido, después del cual el programa civil será tratado como cualquier otro de un país parte del Tratado de No Proliferación.
  • Se permitiría un programa limitado de enriquecimiento.
  • Se resolverían las cuestiones relativas al reactor de Arak.
  • Más capacidad y acceso para el OIEA.
  • Un enfoque paso a paso, y el principio de que “nada está acordado hasta que todo lo esté”. Es decir, no habría acuerdos parciales salvo que se alcance un acuerdo total.

Volviendo a la situación actual, los problemas para implementar el acuerdo pueden ser muchos y diversos. El más obvio: que alguna de las partes no cumpla. Irán podría, por ejemplo, poner dificultades al monitoreo del OIEA. El Congreso de EE UU podría oponerse a levantar las sanciones. Aquí sin embargo hay que aclarar que las afectadas por este acuerdo fueron impuestas por Decreto Presidencial, y el presidente puede levantarlas sin aprobación del Congreso. Además de que la UE puede (y debería) actuar de forma independiente.

Los “duros” de ambas partes pueden, por otro lado, intentar boicotear el proceso o al menos intentar sacar ventaja de cualquier problema que surja.

Todo esto es normal. Una cuestión importante en cualquier iniciativa diplomática es que requiere no sólo esfuerzos visibles sino otros elementos importantes pero intangibles. Uno de ellos es la confianza. Una relación problemática tan antigua como la de EE UU e Irán crea desconfianza y sospechas, que con el tiempo se hacen más difíciles de solucionar.

En ese sentido, la mayor ventaja de este acuerdo es que es concreto, y se basa en acciones de cada parte cuyo cumplimiento es verificable y medible, dejando menos margen para que esos otros factores jueguen un papel. La clave es que se ha acordado una agenda concreta para la cooperación.

Lo ha dicho el ex presidente iraní Rafsanjani en una entrevista con el Financial Times: El acuerdo final será más fácil después de que el tabú (de hablar con el otro) se ha roto. El acuerdo parcial requería “romper el hielo, pero la segunda fase será rutina. Parte del problema es que hablar con EE UU era tabú, un tabú difícil de romper”.

Lo mismo podría decirse del otro lado.

Las reacciones y su significado

Israel y Arabia Saudí han sido los críticos más duro de este acuerdo (aunque hay más, por supuesto). Israel lo ha calificado de error histórico, mientras Arabia Saudí ha afirmado en repetidas ocasiones que desarrollaría su propio programa si se le permitía a Irán continuar con el suyo.

Ambos países tienen en común que han sido los aliados más estrechos de EE UU en esta región durante décadas. Ambos han sido dependientes de EE UU en cuestiones de seguridad (a veces, incluso, con Washington participando militarmente). Y EE UU ha intervenido en cualquier problema que surgiera en esta zona, para protegerlos.

El apoyo a Israel es más conocido, pero lo mismo ha ocurrido con Arabia Saudí. Es la protección de EE UU lo que le ha permitido a este país transformar su riqueza petrolera en un inmenso poder político e influencia en el mundo árabe y musulmán. Los dos han tenido también, mucho tiempo, la mayor influencia en Washington. Esto podría cambiar en un futuro no muy lejano.

Para EE UU se está abriendo un nuevo escenario en esta región después de Afganistán e Irak; la intervención en Libia; la guerra de Siria; y las llamadas primaveras árabes. El descontento y la protesta aumentan, los regímenes autócratas no son unos aliados tan fiables como se pensaba, y crecen en poder fuerzas radicales suníes. Irán, con ciertos intereses comunes y una agenda chií, podría ser un equilibrio para esas fuerzas.

Otros miembros del P5+1 siguen sus propias estrategias. Francia puso en riesgo la posibilidad del acuerdo, probablemente pensando en las oportunidades de mercado para sus empresas de armamento y energía en las monarquías del Golfo (Arabia Saudí, de forma notable). Entre tanto, Alemania y el Reino Unido ven las oportunidades que plantea el sector energético iraní.

Israel sale beneficiado con el acuerdo, independientemente de la retórica y de las posiciones de Netanyahu. Puede que tenga que acostumbrarse a convivir con un Irán que ya no sea un paria internacional, pero podría venirle bien que esto debilite a otros países árabes. De hecho, miembros destacados de las fuerzas de seguridad han expresado opiniones positivas sobre el acuerdo (quizá porque son conscientes de lo que significa).

El peor escenario se produce para Arabia Saudí y otras monarquías del Golfo Pérsico, ya que sus problemas con Irán van mucho más allá del asunto nuclear. Una relación normalizada entre EE UU e Irán es una pesadilla en Riad por su viejo enfrentamiento con Teherán y los difíciles equilibrios internos que maneja. También va en contra de sus posiciones en la guerra de Siria. En pocas palabras, las fuerzas geopolíticas se alinean en su contra, y esto afecta a su política externa y a la interna.

Para terminar esta entrada tan larga. Un punto para los críticos: es cierto que se trata sólo de un acuerdo parcial y limitado en el tiempo, que afrontará muchos obstáculos y que el acuerdo final puede ser más difícil de lograr. Un punto para los defensores: el acuerdo tiene la ventaja de que se basa en acciones concretas cuyo cumplimiento es verificable, y que puede crear confianza y unas relaciones constructivas.

Pero sobre todo, es un ejemplo de cómo la diplomacia puede lograr más que la hostilidad (y que la guerra). Veremos qué sucede.