Nuevos jugadores en el tablero global

Una de las tendencias más marcadas del mundo internacional posterior a la Guerra Fría fue el paso de la bipolaridad a un mundo aparentemente unipolar (o así lo pretendió EE UU, especialmente bajo los neoconservadores que rodeaban al presidente George W. Bush). Esta unipolaridad no es real, aunque EE UU retiene muchos resortes del poder internacional a través del poder “blando” (la influencia basada en valores, cultura, historia, etc.) y el poder “duro” (la capacidad de presión diplomática y especialmente militar).

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El mundo avanza cada vez más hacia la multipolaridad. Un cierto número de países crecen términos económicos y políticos y están cambiando los contornos del  poder y la influencia internacional. El proceso no es lineal. El grupo de países incluye a unos u otros según quién lo mire, y sus motivos y posiciones no son homogéneos, ni en solitario ni en conjunto. Así por un lado, retan al “viejo orden” y sus instituciones, reglas y normas y desafían algunos viejos conceptos; mientras por otro, quieren influir también tomando parte en el sistema y mejorando sus posiciones dentro de él.

Los poderes tradicionales, especialmente EE UU y Europa, afrontan retos derivados de estos cambios en la distribución del poder. Si bien conservan una gran capacidad, especialmente en el caso de EE UU, varios factores (incluyendo la crisis económica y financiera) hacen retroceder sus posiciones. Todo ello hace que los esquemas sean menos claros y el mundo más complejo, y esto afecta en gran medida al ámbito de la paz y la seguridad.

Entre estos actores emergentes que buscan un papel más destacado en términos políticos y económicos un grupo indiscutible son los BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica. Pero hay otros: Turquía, México, Indonesia, Corea del Sur, o Qatar, que buscan aumentar su peso específico. Todos ellos son países que, si bien afrontan problemas internos (como la pobreza y la desigualdad) tienen economías crecientes y pretenden transformarlas en poder político e influencia. Forman parte o son protagonistas en instituciones regionales y, de una forma u otra, buscan proyectarse a esos niveles regionales y mejorar su posición global.

Sus motivaciones e intereses están lejos de ser comunes en muchos aspectos, uno de ellos el de la paz y la seguridad, y esto se refleja en sus decisiones Por un lado, buscan mejorar su situación dentro del sistema (como Brasil e India y su reclamación de una posición permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU). Buscan también proyectarse con un papel más activo en los ámbitos de paz y seguridad, como Rusia y China con sus contribuciones a misiones de paz y al Fondo de Construcción de la Paz de la ONU. Estos dos países, sin embargo, son muy celosos en cuestiones de soberanía estatal y rechazan el intervencionismo, por lo que apoyan sólo misiones basadas en el consentimiento.

China tiene intereses, especialmente económicos, casi globales, mientras Rusia opera sobre todo en su área de influencia. Suráfrica se proyecta con peso político en cuestiones de racismo y discriminación. Algunos son activos en temas de construcción de la paz (como Brasil en Haití) o desarme (como México con las bombas de racimo). Casi todos son reticentes en cuestiones que afectan a la soberanía, lo que refleja su propia historia y preocupaciones. Brasil, India, China y Rusia se abstuvieron en la votación de la Resolución 1973 que autorizaba la misión de la OTAN en Libia.

Un ejemplo destacado del papel que pueden jugar en asuntos internacionales fue el acuerdo alcanzado por Brasil y Turquía con Irán, en relación con su programa nuclear. Mediante este acuerdo, los stocks iraníes de uranio enriquecido serían almacenados en estos dos países, con lo que teóricamente gran parte de las preocupaciones de la “comunidad internacional” sobre el programa iraní se desvanecerían. Si el uranio no está en su territorio, difícilmente pueden someterlo a un proceso de enriquecimiento más avanzado con el que puedan llegar a tener armas nucleares. Este acuerdo, que podría haber sido bienvenido, despertó reticencias desde EE UU, que puso en marcha nuevas sanciones. Aquí surge una duda. La protesta, ¿se debió a que los términos del acuerdo eran insuficientes? ¿A que no lo había logrado el propio EE UU? ¿O a que detrás de la retórica sobre este programa nuclear hay otra agenda en relación con Irán?

Los países emergentes y su efecto en  la agenda internacional, en sus instituciones y en el equilibrio de poder serán un elemento a tener muy en cuenta en años venideros. Su creciente papel no puede negarse y su contribución es indudablemente bienvenida. El reto, para los estudiosos y quienes deben tomar y ejecutar decisiones, es saber cómo y con qué objetivos se proyectan internacionalmente, cuál es su agenda, y cuál el equilibrio entre viejos y nuevos poderes y a qué políticas da lugar. Es un panorama complejo e interesante, que se presta poco a simplificaciones y que introduce nuevos jugadores en el tablero global.

New players in the global chess-board

One of the clearest trends in the international system post-Cold War was the transition from bipolarity to an apparent unipolar hegemony (or at least this was the US intention, since the demise of the URSS and especially under the neocons that governed in the Bush Administration). This unipolar world is not real, although the US retains many tools and mechanisms to influence international decision making through soft power (influence based in values, history, culture and so forth) and hard power (the capacity to project diplomatic pressure and especially military power). 

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But the international system is increasingly multipolar. An array of countries is growing in economic and political terms and changing with it the contours of power and influence in the international landscape. This is not a linear process. The group of countries includes some of them or others depending on who defines it, and their motives, positions and interests are far from homogenous. On one hand, they challenge the “old” order and their institutions, rules and norms, and defy some old concepts in terms of international power. On the other, they want to project themselves and attain more influence by taking part in the system and improving their positions within it.

Traditional power centers and especially the US and Europe face challenges with regards to those changing power balances. Although retaining significant degrees of influence, it is diminishing (especially in Europe). All those trends make international power schemes less clear and the world more complex, and this is also happening in peace and security issues.

These raising powers actively seek a more prominent role in political and economic affairs. One undisputed group are the BRICS: Brazil, India, Russia, China and South Africa. But there are other actors like Turkey, Mexico, Indonesia, South Korea or Qatar, that also aspire to project themselves in their areas of influence. All them face internal problems (such as poverty and inequality, among others) but have growing economies and seek to transform economic power into political influence. All take part (or are leaders) in regional institutions and want to improve their international positions.

Their motives and objectives are far from common in many aspects, one of them peace and security. They actively work towards a better position within the current system (as do Brazil and India when reclaiming a permanent seat in the UNSC). In other cases look for a prominent role in peacebuilding, like Russia and China, and their active role and financial contributions to peacebuilding missions and the UN Peacebuilding Fund. But at the same time, both countries remain extremely wary of issues of State sovereignty and reject interventionism. As a consequence, their support is for missions based in the consent of the affected State.

China has near global interests, especially in economic terms, while Russia projects power over its traditional area of influence. South Africa has a strong political voice in issues related with racism and non-discrimination. Some are active contributors to peacebuilding (such as Brazil in Haiti) or disarmament (Mexico with regards to cluster bombs). And almost all project their own history and preferences when rejecting interventionism. Brazil, India, China and Russia abstained in the UNSC voting of Resolution 1973 that authorized NATO intervention in Libya.

One example is worth mentioning as illustrative of their potential role in international issues and conflicts. This is the Brazil and Turkey negotiations and agreement with Iran with regards with the latter nuclear program. The agreement set the conditions for Iran low enriched uranium to be stockpiled outside the country, with the others acting as providers of security and guarantees of the material. Theoretically this agreement should have satisfied the requirements of the international community: if Iran has no control over uranium stockpiles, there is no danger of further enrichment that would be indispensable for a nuclear weapons program. Since this issue has been subject of contentious politics for years, a negotiated solution should have been good news. However, the US immediately raised protests and set up new sanctions. The doubt is why? Were the terms of the agreement not enough? Was it reticence in the face of others brokering the agreement? Or is there another agenda behind the nuclear contention with Iran?

The emerging powers will influence the international agenda in coming years and increase their power in international institutions. They will also continue changing international power balances. Their growing role is undeniable and their contribution welcome (if not by all). The challenge for analysts and decision makers will be to know how, and with what objectives, do they seek international projection, what their agendas are, what balances are reached among old and new powers and what are the resultant policies and doctrines. The landscape is complex and interesting and over-simplification a difficult task.