De nuevo en Irak

El miércoles Barack Obama anunció la nueva estrategia antiterrorista de EEUU para luchar contra el Estado Islámico (también llamado ISIS, e ISIL), el grupo suní radical que ha ganado importantes territorios en Irak y Siria.

Talking Points Memo caía en la cuenta de que es el cuarto presidente estadounidense que se dirige al país en horario de prime time para hablar sobre Irak. Todos ellos anunciaron acciones militares.

La estrategia contra el Estado Islámico tiene varios elementos. Primero, la expansión de la campaña de bombardeos que comenzó en el norte de Irak al resto del país y Siria. Segundo, el apoyo político, junto con entrenamiento militar y armas, a aliados locales como el ejército iraquí, tropas kurdas y rebeldes sirios “moderados”. Tercero, una coalición internacional que dote de legitimidad a esta campaña. Todo ello, mientras se evita la participación militar directa sobre el terreno (no boots on the ground) y cualquier tipo de alianza con Irán y Siria.

Esta administración estadounidense ha virado su posición estratégica sobre este grupo en cuestión de meses, debido a sus avances territoriales (incluyendo el control de Faluya y Mosul) y el establecimiento de un califato el 29 de junio. Y debido, por supuesto, a la violencia contra civiles y el asesinato de periodistas masivamente difundido a través de redes sociales. Este vídeo de Vox analiza esta evolución tomando las palabras del propio Obama: de una broma a la guerra en nueve meses.

Este es el territorio controlado por el Estado Islámico o con una presencia sustancial de este grupo a 10 de septiembre, según el Institute for the Study of War.

El discurso de Obama parece haber sido diseñado cuidadosamente. Pese a ello, o quizá por ello, aparecen muchas contradicciones y “flecos” sin resolver.

Spencer Ackerman, de The Guardian, ha hecho un trabajo excelente en su versión comentada. Juan Cole, de la Universidad de Michigan y autor del blog Informed Comment, atribuye esas inconsistencias a la política interna estadounidense: “(El presidente) fue de acá para allá intentando convencer al ala izquierda del Partido Demócrata de que no ha sido poseído por el fantasma de Dick Cheney, mientras aseguraba a una opinión pública asustadiza que hará picadillo a los terroristas que se dedican a decapitar americanos”.

Lo que hay en juego es más que retórica. Las referencias a Yemen y Somalia como ejemplos exitosos del tipo de campaña que se avecina han causado una preocupación fundada. Como dice Rosa Meneses en El Mundo, el uso de drones y asesinatos selectivos no ha debilitado a Al Qaeda sino que la ha fortalecido.

Lo que falta, de nuevo, es una estrategia política para Irak, Siria y la región. Phillis Bennis sugería una estrategia de seis pasos (ninguno de ellos basado en bombardeos) para lidiar con ISIS. El fundamento básico sería la atención a los factores sociales y políticos que facilitaron su ascenso, en especial la (mala) suerte de los suníes iraquíes después de la invasión del año 2003, la inestabilidad política y la violencia.

Mariano Aguirre, director de NOREF, señalaba en El País que “la fragmentación del Estado iraquí entre un área suní controlada por EI y sus aliados, otra chií con Bagdad en el centro, y la región kurda, parece un hecho difícil de frenar. Un pacto de descentralización y protección de las minorías entre los actores iraquíes negociado con Irán, Arabia Saudí, Turquía y Estados Unidos es tan importante como improbable de alcanzar”.

Y esto apunta a otro problema grave: los aliados. John Kerry ya ha visitado Irak, Jordania, Turquía, Arabia Saudí y Egipto tratando de ganar apoyos para una campaña coordinada contra el Estado Islámico.

Arabia Saudí ha anunciado que permitirá usar su territorio para entrenar a rebeldes sirios que luchan contra ISIS. Aparte de su situación en términos de democracia y derechos humanos, este país ha tenido un papel protagonista durante años (si no décadas) en la financiación de grupos yihadistas. La secretaria de Estado Hillary Clinton afirmaba en 2009 en un cable difundido por Wikileaks que, aunque “se toman en serio la amenaza del terrorismo dentro de sus fronteras, es todo un reto persuadir a los representantes saudíes de que aborden la financiación del terrorismo desde su país como una prioridad estratégica”.

El pasado marzo, una resolución del Parlamento Europeo pedía a Arabia Saudí que mejore el control sobre la financiación de grupos militantes radicales en el extranjero (incluyendo África, Oriente Medio, Afganistán y Pakistán, entre otros) y que ponga fin a cualquier apoyo financiero, militar y político a grupos extremistas en Siria.

Un lenguaje muy duro para un aliado estratégico.

Por supuesto, también podrían analizarse Egipto, o Bahrein.

Robert Fisk, el corresponsal en Oriente Medio de The Independent y autor de La gran guerra por la civilización: La conquista de Oriente Medio, denuncia la inexistente memoria semántica institucional o nacional en Estados Unidos en lo que se refiere a esta región. ¿Recuerdan Líbano en 1983? ¿Recuerdan a Gaddafi? “Todas esas fuerzas del mal han sido derrotadas una y otra vez, y entonces -bingo- surge alguna otra fuerza del mal que derrotar”. Según él, aquí estamos otra vez, “haciendo frente a la mayor crisis en Oriente Medio desde la última mayor crisis en Oriente Medio”.

¿Veremos alguna vez a un presidente de EE UU anunciando una estrategia realmente distinta?

Éste es el vídeo con el discurso completo para que cada uno saque sus propias conclusiones.

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Viejas y nuevas violencias

Quizá nadie lo dijo mejor que el Banco Mundial en su Informe Mundial sobre Desarrollo del año 2011. En todo el mundo, 1.500 millones de personas viven en situaciones que no pueden calificarse claramente de guerra o paz, de violencia política o violencia criminal.

Las guerras interestatales están en declive. Para entender la guerra en la actualidad es mejor olvidar la II Guerra Mundial y similares. Las guerras internas son más frecuentes, con 32 activas el año pasado, una cifra que se mantiene relativamente estable (aunque el número de víctimas aumenta, debido sobre todo a la situación en Siria).

Y proliferan por todo el mundo situaciones donde es difícil definir el tipo de violencia organizada que tiene lugar y a quienes la perpetran. Las categorías tradicionales no alcanzan para definir y clasificar estos procesos. Como consecuencia tienen un impacto desigual en los medios y, cuando los alcanzan, frecuentemente son simplificados.

Más de 60.000 personas murieron violentamente en México durante el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012). Incluso sin sumar los secuestros, desapariciones, y víctimas de torturas y violaciones de los derechos humanos, la cifra superan a las de muchas guerras. Pero aquí la “guerra” es contra las drogas: entre el gobierno y los cárteles del narcotráfico, dentro de los cárteles y entre ellos. El DIH no se aplica, y las violaciones de los derechos humanos están a la orden del día. Los cárteles ejercen su influencia por todo el país, como muestra The New York Times en este mapa.

En lugares tan lejanos como Afganistán y Colombia, la violencia política y la guerra se entrelazan con la economía ilegal de las drogas y el crimen organizado. Actores de la guerra participan en este negocio. Y hay un fuerte debate sobre si es posible terminar a la vez con una insurgencia y con las drogas, o si una cosa impide la otra. Para algunos analistas, como Vanda Felbab-Brown en su libro Shooting Up, ambas guerras son incompatibles: erradicar las drogas echa a los campesinos, que no tienen alternativas, en brazos de la insurgencia. 

Grupos terroristas como Al Qaeda y sus “franquicias” regionales (como la de Yemen y Arabia Saudí, AQAP) conducen ataques contra sus propios países o en otros. Mientras, algunos de ellos, como la propia Al Qaeda del Magreb (AQMI) aprovechan antiguas rutas del contrabando y áreas remotas para financiarse con la economía ilegal y el secuestro, especialmente de occidentales.

Mientras, en la República Democrática del Congo, milicias locales y miembros de gobiernos vecinos sostienen una violencia continua con la minería y la explotación de minerales muy valiosos como el oro y el coltán. Este último es un mineral estratégico vital para muchas industrias, entre ellas la electrónica. Algunos han llamado a este conflicto la guerra “PlayStation“.  

Las tipologías de la violencia son complejas pero lo que está claro son sus efectos. Este mapa del Internal Displacement Monitoring Centre muestra la situación global de personas desplazadas por la violencia y la inestabilidad. El arco se extiende por todo el mundo y afecta especialmente a los países del Sur.

No es casualidad. La violencia organizada contemporánea tiene múltiples causas: nacionales e internacionales; individuales y sociales; políticas y económicas. El desempleo juvenil; el empobrecimiento; el incremento de población urbana sin expectativas; las tensiones regionales, sociales, étnicas y religiosas…

Todo ello es fuente de tensión, y es más fácil que derive en violencia cuando además las instituciones son frágiles y apenas pueden dar respuestas (en algunos casos porque han sido “vaciadas” de poder y medios). Y cuando los mecanismos tradicionales de una sociedad para resolver conflictos se han visto desbordados o desmantelados por las presiones de los cambios socioeconómicos, políticos y demográficos.

En muchos casos, a esto se suma otra pauta. Las redes económicas ilegales con las que sobreviven personas que carecen de alternativas conectan, muchas veces, con los mercados financieros internacionales y las economías desarrolladas. ¿A dónde si no van a parar las drogas, el coltán o el oro? Las armas, por su parte, recorren el camino contrario.

La distribución geográfica y social de la violencia contemporánea tiene raíces profundas y estructurales. No es un capricho o una anomalía. La falta de desarrollo y de equidad genera expectativas frustradas, economías ilegales, inseguridad y violencia. A la vez el conflicto y la violencia son barreras para el desarrollo, como señala el International Dialogue on Peacebuilding and State-building.

Sin entender que este círculo vicioso se retroalimenta a sí mismo no es posible entender por qué estalla la violencia y por qué es tan duradera. Cualquier esfuerzo por ponerle fin requiere en primer lugar saber de qué se trata.